Me habían advertido de la exquisita dureza de Johnny cogió su fusil, todo un dramón del año 1.971. Porque, para ser sincera, esta película no es bélica en el sentido estricto de la palabra (las escenas de guerra aparecen en contadísimas ocasiones, y tampoco se narra nada específico de la Primera Guerra Mundial). Yo diría que es un drama antibélico, una cierta crítica a la religión, y algo que me ha llamado poderosamente la atención: su director, el novelista y guionista norteamericano Dalton Trumbo, no esconde en absoluto su favorable visión de la eutanasia. Lo cual es todo un logro, teniendo en cuenta de qué año es esta película. Y sobre todo, teniendo en cuenta que es una adaptación de su propia novela también llamada Johnny got his gun, ganadora del premio americano American Book Sellers Award (premio precursor del actual National Book Award), que fue escrita mucho antes: en 1.939.

Ya sólo el título compone su propio pequeño drama. Porque el protagonista de esta novela no se llama Johnny, sino Joe (diminutivo de Joseph, no de John); supongo que el Johnny del título viene por John Doe, el nombre estándar que se da en Estados Unidos a los varones sin identificar. Joe es un joven norteamericano, que trabaja en una panadería para llevar dinero a su casa, donde le esperan su madre viuda y sus dos hermanitas pequeñas. Tiene una novia a la que quiere mucho, una muchacha jovencita y muy guapa, de familia también humilde, llamada Kareen. Pero sobre todo, Joe es un muchacho de gran sentido patriótico y con la ignorancia propia de su juventud, que se cree inmortal y con toda la vida por delante: así que, cuando estalla la Primera Guerra Mundial y se piden voluntarios para el frente, Joe se alista sin pensarlo. Lástima que al poco tiempo, una bomba caiga justo en la zanja donde Joe trata de esconderse, acurrucado en posición fetal.

Cuando Joe recobra la consciencia, se encuentra en lo que supone que es un hospital. Digo "supone" porque tiene toda la cara vendada y no puede ver. Tampoco puede moverse, y siente vagamente las vendas sobre diversas partes de su cuerpo. Y lo primero que percibe es el silencio: no puede oír. Pero Joe, de momento, no está en condiciones de evaluar la gravedad de sus lesiones; aunque, sin saberlo, ya lo han hecho los médicos por él: su estado es tal, que los médicos creen que su cerebro está irremediablemente dañado, por lo que no puede sentir nada. Y como, dado su lamentable estado, nadie ha sido capaz de identificarlo, nadie puede reclamarlo tampoco, así que lo mantienen con vida de manera clandestina, con la esperanza de que su caso sirva para ayudar a gente lesionada en el futuro. Porque, dado el actual estado de Joe (que no describo aquí porque creo que es mejor descubrir lo que le sucede poco a poco, al mismo ritmo en el que Joe lo va descubriendo horrorizado), nadie mantendría así a una persona capaz de sentir, igual que Joe. ¿O acaso alguien sí lo haría?

El caso es que esta película es un feroz alegato antibelicista: porque las guerras son creadas por el hombre y para el hombre, y la carne de cañón, es decir, la gente de a pie, es quien más sufre sus consecuencias. También se puede tomar como un alegato pro eutanasia, porque la situación de Joe es clara: es mil veces mejor estar muerto que estar así, como él. Y la religión no se queda atrás, porque Joe es católico, y al principio decide volcarse en la religión y en su fe para superar su estado: pero ninguna religión en el mundo puede justificar lo que le ha pasado. Eso no es una prueba mandada por ningún dios, ni es un acto de amor destinado a hacerle descubrir un estadio superior de conciencia, o tal vez a hacerle ahondar en nuevos aspectos de la vida que podrá apreciar con mayor intensidad ahora que ha perdido mucho.

Eso que le ha pasado a Joe es una putada bien gorda que le ha jodido la vida, o mejor dicho, la pseudoexistencia que le espera. Porque Joe tiene su cerebro en perfectas condiciones, y puede sentir, y pensar, y recordar, y con el tiempo aprende a percibir su entorno y a analizar su situación, y a tener sueños horribles en los que su conciencia le indica cómo está, por mucho que él intente ver el lado positivo de su vida. Y sobre todo, es consciente de lo que le pasa cada segundo de su existencia.

Aunque para mí, lo más notable, es cómo se destaca la naturaleza humana: por un lado, tenemos la falta de escrúpulos del ser humano cuando trata de demostrar algo. Como por ejemplo los médicos de Joe, tan empeñados en emprender su propia investigación gloriosa, que son capaces de hacer auténticas barbaridades, tales como mantener a un ser humano con vida de forma clandestina y en unas condiciones que, siendo extremadamente benévolos, podríamos calificar de inhumanas. Aunque también vemos cómo, ante la desgracia ajena, el ser humano es capaz de dar lo mejor de sí mismo...

A mí esta película me ha angustiado muchísimo, y me ha hecho pensar también. Y creo que es una de las mejores películas que he visto en mucho tiempo. Eso sí, vedla con un paquete de kleenex al lado, porque dan muchas ganas de llorar...

Para terminar, dejo la frase inmediatamente anterior a los títulos de crédito, cuya ironía no puedo dejar pasar por alto, pues dicha ironía resume lo que trata de narrar esta película:

DULCE ET DECORUM EST PRO PATRIA MORI